lunes, 10 de agosto de 2009

Ruptura

Me dices que soy el responsable del tal suceso y que todo el cargo de conciencia de lo ocurrido me pertenece. Me pides que me resigne al sentimiento de culpa. ¡Me obligas a reprimir la tristeza, a ignorar la verguenza, a desheredar el olvido y a corromper el pasado! No, no puedo hacer eso... No obstante de todo lo que digo, cuanto más lo digo más la extraño. La recuerdo, aún, sentada sobre mis piernas sorprendiéndome con sus lecciones cultivadas de budismo puro. Enamoradamente atendía a esas explicaciones interminables sobre Vajradhara, el vacío dentro del vacío y el significado metafórico de la creación y el principio de los tiempos. Solo ella lograba dividir el silencio y el cinismo de lo incierto al contemplarla observar concentrada y perseveradamente la oscuridad, lo cual justificaba diciendo: “Todo átomo tiene en su núcleo luz y, por lo tanto, no existe la oscuridad absoluta; de manera que si miramos detenidamente en la penumbra podremos ver diminutas partículas de luz”. Me perturba pensar en donde andará ahora, en qué rincón del mundo su alma estará llorando, de rodillas, sin consuelo alguno. Me alegra tener solo los recuerdos positivos de ella. Mentiría con el solo hecho de decir que la olvidé por completo. Aún recuerdo su rostro angelical, recuerdo su ojos azules y sus lágrimas de vidrio limado que conmovían hasta al más insensible de todos los insensibles. Recuerdo sus palabras y su dulzura al hablar, recuerdo alegremente las frases que me repetia todo el tiempo cuando estaba mal:''la vida es hermosa, decia, solo tienes que dejar entrar a tu vida lo que tu quieras que entre, el universo no es mas que tu forma de pensar''.

Pero como ya te dije no puedo reprimir mis emociones... ¡Ya no me recrimines detalles inútiles infundamentados! No es mi culpa. Yo puedo enfrentarme a la venganza, al odio, a la indiferencia, pero definitivamente no puedo enfrentarme a su recuerdo. No me responsabilices por una simple discusión y no hiperbolices todo, ya que no es motivo ni causa que se pueda tomar en contexto. Fui un tonto al no escuchar esas amenazas que tomé por infantiles a pesar de que no lo eran. Fui aún más idiota al darle la espalda y dejar que se fuera, ahogada en su propio llanto, sin darme vuelta ni siquiera para decirle a gritos lo que me estaba carcomiendo por dentro. Aún recuerdo su rostro angelical, sus ojos celestes. Siento su suavidad en mi piel y no olvidaré nunca su mirada clavada en mí la última vez que la vi, aquel dia de lluvia, casi sudando lágrimas. Todavía respiro sus suspiros y conservo su pañuelo. Evoco todo esto cuando, tras horas y horas de puros lamentos, me decido a soltar los ramos de magnolias que dejo custodiando el umbral de su lápida.

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